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Marianne Faithfull: Una Lolita que extraía poesía de los vertederos
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Marianne Faithfull: Una Lolita que extraía poesía de los vertederos

  • - 2025-02-23

Luego de su muerte ya nada fue igual. Marianne Faithfull era la encarnación de las intensidades desnudas que producía con su arte y la leyenda que la precedía. Su música y sus canciones dejaban a su paso una estela amorosa, provocadora, que alcanzó los corazones de quienes fueron seducidos o abducidos por ella, escrutadora de almas. Los Rolling Stones –en particular, Mick Jagger y Keith Richard– le rindieron homenaje con la canción que le dedicaron en sus mocedades, cuando Marianne abandonó la realeza para convertirse en la grupi alfa de prodigios y autodestrucciones. Marianne Faithfull von Sacher-Masoch fue Lilith extraviada en un laberinto de acertijos y tragedias. Un demonio londinense que cantaba la belleza del mundo y hurgaba en la fría y trémula cartografía de la morgue que todos llevan dentro. Aquella niña dulce, educada en el seno de una familia de rancio abolengo y títulos nobiliarios, que padeciera la experiencia alucinante de refinadas escuelas de monjas, apasionada y decidida, adicta a las emociones fuertes y a la clarividencia de la experimentación, portaba en el apellido la agenda de su destino: Faithfull,la fe a tope, a todo lo que da.Una extraña forma de fe que la condujo a construir catedrales a las doctrinas del ‘sex, drugs & rock and roll’ y que hizo de las estrellas del rock verdaderos semidioses extasiados por los ángelus que sus feligreses configuraban en los años sesenta. En ese sentido, Marianne Faithfull fue activista de la cofradía de las grupis, dedicadas al culto de la sociedad de los rockeros tercos, dispuestas a sacrificarlo todo con alma, corazón y vida –alma para conquistarlos, corazón para quererlos y vida para vivirla junto a ellos–. Una dulce ninfeta rubia que negaba tres veces su pasado, sobrepoblado de atavismos medievales y prejuicios pequeburgueses, para instalarse en la nada morigerada existencia de las hordas juveniles que inundaban con sus minifaldas y su derecho a luchar por lo imposible en conciertos, marchas, presentaciones y ‘tours’. Marianne Faithfull, la leyenda de un icono londinense Marianne Faithfull pasó sus primeros años al lado del que sería su primer marido, John Dumbar (un conocido curador y galerista), en el hotel Savoy –el mismo donde retozaba Oscar Wilde–, recibía la visita de Alain Delon o Bob Dylan –quien le dedicó un poema épico que en un ataque de celos destruyó en sus narices–. La noche de bodas de la Faithfull fue compartida con tres argonautas fundamentales de la Generación Beat en un rústico hotel de París: Allen Gingsberg, Lawrence Ferlinghetti y Gregory Corso, instalados en el “Aullido” de las sobredosis y el pasón ontológico. La Faithfull desvió su destino de niña bien para emprender la Ruta 666 de la mano de Mick Jagger, Keith Richards, Brian Jones, Jimi Hendrix, Allan Clarke, Tony Calder, Gerry Bron, Sadia, Chris Blackwell, Mario Schifano, Paddy Rossmore y David Bowie, una nómina dorada de figuras de culto que solo ella podía convocar. Con ellos encontró los prodigios de la aventura, los reventones del ‘backstage’, las suculencias idílicas y decadentes del rock. Pero Marianne, a diferencia de otras amazonas de su estirpe, descubrió que la sensibilidad musical y el talento poético se encontraban en su alma y no en las noches infinitas con aquellos monstruos –habitantes de un Olimpo decadente que sólo consumen novedades corporales y se aburren demasiado pronto–.Pero Marianne Faithfull era diferente: se entregó a sus propias necesidades expresivas antes de que su belleza legendaria comenzara a marchitarse. Ella trascendió para conformar una sólida carrera de artista que la colocaría a la estatura de los atlantes a los que había servido con tanta fidelidad en la revolución sexual. Muchos años después no había duda que en materia musical, Marianne hace ver a Tom Waits como Frank Sinatra y a Bukowski como un infante cuajado de arrebatos. La canción que le escribieron los Rolling StonesMarianne Faithfull era una sirena de los acantilados que renunció a ser Perséfone harta de tanto infierno y dilapidar sus paseos náuticos en la siempre inminente piscina de Pandora. Con una pequeña ayuda de sus amantes, Jagger y Richards –satanísimas majestades– le escribieron una canción, “As Tears Go By” (que en realidad se titulaba en un principio “As Time Goes by”, hasta que descubrieron que era el ‘soundtrack’ que unía a Humprey Bogart y a Ingrid Bergman al ritmo de Siempre nos quedará París) que se convirtió en su primer hit pop. Así, abandonó el rol histórico de víctima propiciatoria, víctima triunfante, carne de los velociraptores para volverse mujer de ánimos inhiestos/siniestros/aviesos que con las herramientas de la voz, la poesía, el ánimo contracultural y las musicalidades pudo enfrentarse a sus fantasmas, temores, dudas, desventuras ancladas a la tragedia de vivir en este mundo guarro que secuestra las metáforas y la poesía, y todo lo que toca se convierte en espectáculo televisivo. Marianne Faithfull tenía una noble aspiración: deseaba ser como la monumental Nico, esa amazona oscura que dominaba desde las abruptas y desconcertantes manifestaciones de su voz, ese instrumento que exaltó el espíritu del Velvet Underground, que conmoviera a Andy Warhol y sus exégetas y que años más tarde alimentó los corazones de los vampiros que se unieron en el movimiento pospunk, ‘darkie’ y decididamente gótico.Marianne Faithfull y las pesadillas de la drogadicciónPero no sería hasta la muerte del gran Brian Jones –ese infierno por todos tan temido–, con quien Marianne descubrió los secretos de la sinrazón apasionada, que ella decidió comprometerse con el arte. Claro, previa exploración por los ‘undergrounds’ de la década prodigiosa de los setenta, entrampada en los paraísos artificiales y las pesadillas de la drogadicción. Un periodo oscuro del que no se avergonzaba, pero al que siempre le restó importancia pues no quería que se convirtiera en el distractor de su verdadero legado: esa obra desmesurada, deslumbrante, icónica y temeraria. A veces, para darle de comer a los lobos de la prensa, Marianne Faithfull se divertía soltando contundentes declaraciones que sacudían a la opinión pública. Una de las últimas fue cuando aseguró que su amante parisino, ‘dealer’ de Jim Morrison, fue el que lo proveyó de la sobredosis que lo llevaría a la muerte. Broken English, editado en 1979, después de una larga y montaraz discografía, fue la demostración de que la pequeña Marianne había curado sus heridas, hurgaba en las cicatrices de su vida y estaba dispuesta a abrir nuevas formas de creatividad. Y es que la Faithfull tenía el ánimo de un virus que se introduce de manera furtiva en el interior de las conciencias para desafiar la consistencia de sus anticuerpos. Una diva punzocortante cuya voz sufre toda clase de metamorfosis hasta convertirse en medio de transporte, plataforma, búnker y lecho amoroso. Una fuerza de la naturaleza que lo mismo interpretaba a Kurt Weill que La ópera de los tres centavos de Bertolt Brecht, que se abismaba en Lennon (su otro dios huichol), que se internaba en nuevas musicalidades de la mano de Billy Corgan o Beck mientras evocaba las densas sicalipsis de Nico.En su disco Kissin Time interpreta cosas alucinantes como “Sex with Strangers” o “Something Good”, mientras nos regalaba los clásicos “Sister Morphine” o “Broken English”. Marianne Faithfull era la eterna niña perversa, una Lolita de tiempo completo, una viuda negra en busca de revancha, una artista sadomaso que cultiva el dolor como sensación ambiciosa, una reportera del crimen pasional, una colega de Roxane y que como Lololololola que, a pesar de permanecer bajo luz roja, siempre podrá encontrar el corazón perdido de las cosas.Marianne Faithful recuperó la historia de los derrotados, aquellos que arrojados al olvido habían dejado rastros de su extraviado peregrinar, aguerrido, discordante y fugaz. Nada de lo humano le era obsceno, provista de una curiosidad endemoniada atisbó, hurgó, paladeó y regurgitó en una lírica engarzada a una sordidez emocionalmente gentrificada. Ella, lo sabemos bien, extraía poesía de vertederos.La Faithful era partidaria del fervor a tope, fanático y urgente, a la manera de un grito provocador ante un mundo que por sistema desprecia lo raro, lo distinto, lo subversivo. Marienne nos deja abandonados en un planeta sin más certidumbres que los de la imposición, el autoritarismo y la avaricia. Afortunadamente, su legado nos devuelve la fe en que el humanismo no será derrotado.GSC​​​


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