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Infelices a su manera
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Infelices a su manera

  • - 2025-04-05

Cuando se anunció la separación Iglesias-Preysler en 1978, causó sorpresa el naufragio público de su matrimonio: hoy más bien sorprende que hubiera durado tanto.Nada de esto quiere decir que Julio no quisiera a Isabel: si sabemos que es amor porque duele, es la mujer que más amó. Pero que nadie nos tome por terapeutas de pareja o filósofos de las pasiones si avanzamos la hipótesis de que no siempre supo quererla bien.​¿De qué tratará el libro?Ahí están los celos turcos del artista —«abróchate esa blusa»—, que hasta le llegó a poner un detective para investigar las andanzas de viajes y tiendas con su vecina, Carmen Martínez-Bordiú. O la ofuscación porque a su mujer le causara bostezos esa profesión —por la que todo el mundo lo adoraba— suavísima de crooner. Incluso podemos meditar en la validación que Julio buscaba cuando, forzando el azar, dejaba los cheques recibidos en un lugar donde Isabel los viera y, entendemos, quedara pasmada del fenomenal valor de mercado de su galán.El mayor problema, con todo, radica en que Julio quería un fuero amoroso especial. En su forma mental, en su comprensión de la vida, Julio buscaba repetir el esquema de su padre: una mujer que ocupara el centro y que fuera compatible con amores satélites. No es algo que Isabel pudiera aceptar: convertirse en el punto de avituallamiento entre una y otra aventura.Como ocurre con algunas civilizaciones desaparecidas, el significado de Isabel en la vida de Julio Iglesias puede inferirse a través del hueco, del cráter, que dejó. Iban a pasar muchos años hasta que el cantante —no obstante correrías— tuviera a su lado novia fija; iban a pasar aún más años, en concreto tres décadas, hasta que se volviera a casar.Más allá de que retomase el camino del altar a una edad en la que las pasiones están ya más encanecidas, cabe pensar que el afán coleccionista de amantes de Julio durante tantos años no solo se ha debido a una adicción física, a la pura satiriasis. Ni siquiera a esa voluntad compensatoria —«cuando era un chaval joven nadie me miraba»—, por lo demás tan común entre los hombres. Perder a Isabel iba a desorientar a Julio mucho tiempo: tanto como para entregarse a un donjuanismo casi nihilista. Si «quise ver tu cara en cada mujer» es porque, por melodramático que resulte, aquella que le importaba la había perdido. El matrimonio Iglesias-Preysler había comenzado como un desastre y, tras unos años de amor y declinar, se cerraba también como un desastre. Pero incluso en el adiós iba a haber un cierto éxito que de alguna manera podía justificar la presencia festiva del Cristal.Fue el primer comunicado de divorcio —antes de la ley del di vorcio— publicado en España, en el BOE donde se publican estas cosas: la revista ¡Hola!, por supuesto. La misma que había sido portavoz oficial de su felicidad.Cuentan que, al acordar la separación, el doctor Iglesias, que siempre se había llevado bien con ella, le preguntó a Isabel que qué iba a hacer a partir de entonces, que se quedaba sin portadas. Ella vino a decirle que no se preocupara, que tendría todavía más. Estaba en lo cierto: al cabo de una década larga, en 1992, los estudios demoscópicos constataron que, por encima de la reina Sofía, Isabel Preysler era la mujer más conocida de España. Durante su tiempo casados, Julio e Isabel sumaban el uno al otro, pero, a modo de consecuencia imprevista, la ruptura les iba a hacer aún más famosos y más ricos a los dos. Cada pareja infeliz lo es a su manera, y hay algunos que siempre tienen suerte.


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