DOMINGA.– Hago un vínculo curioso entre Belinda y un exespía jubilado al que entrevisto. La cantante lanzó una canción a modo de desahogo, tras la ruptura con un empresario, cuyo abuelo fue blanco de la policía secreta. José 01conocía a los más ricos del país “porque se lo pedían”, dice cuando habla del espionaje que realizó para la Dirección Federal de Seguridad (DFS), el antiguo aparato de represión en México.José 01vive retirado en Estados Unidos y, gracias a un programa de protección a testigos, puede pasar sus tardes tranquilas junto a su familia. Habla con la elocuencia de quien sirvió al Estado, aunque implicó violar la ley. Ese era su trabajo. Entonces suena: “¿Qué gatos son los que visten Loro Piana?, ¿qué gatos son los que solo juegan golf?, ¿qué gatos son los que toman Aperol?”, canta Belinda. “Naturellement, los Aristogatos”. Yo tomo un whisky y no un Aperol. Las páginas entre mis manos pesan más que el papel en que fueron impresas. No es metáfora. Es un expediente desclasificado que contiene la información que la DFS recabó sobre algunos de los hombres más poderosos durante los años de la Guerra Sucia, recabados entre 1975 a 1986, y que supera las setecientas fojas. Leo los apellidos de Bours Almada, Azcárraga Vidaurreta, Sada Quiróz, González Laporte y Baillères Chávez, entre otros, quienes integraban el Consejo Mexicano de Negocios y, salvo Sada Quiróz, eran integrantes del armatoste empresarial con más poder en el país. La gran diferencia con otros archivos que emitió esta dependencia, la DFS, éste no se trató del espionaje a un guerrillero protegiendo a su comunidad, ni a un estudiante reprimido en una protesta o a un líder sindical desaparecido. No.En particular, el documento 9-232 L1-2 inicia narrando la clausura del Consejo Nacional de Productores de Cebada, el de 1983, donde se habló de las necesidades del sector; y concluye 700 fojas después con el nombre –desdibujado por el paso del tiempo– de Raúl Baillères Chávez, uno de los hombres más acaudalados de la época; padre del magnate que presidiría Grupo BAL años después, conglomerado con intereses en minería, comercio, seguros, pensiones y educación privada; junto a su nombre estaba el de otros objetivos de la poderosa policía clandestina del PRI. Baillères Chávez no era un empresario común en los setenta. Entre los integrantes de su familia se encontraban quienes dirigieron o habían estado al frente de la Asociación de Banqueros, directivos del Comité Técnico de Promoción Industrial, y personajes claves para la fundación de Artes Gráficas Unidas o la Central de Malta, en laindustria cervecera nacional. Era un hombre de poder y para la DFS resultó necesario comprender su entorno. El espionaje se hacía parafabricar carpetas y líneas de investigación, con el fin de concretar extorsiones que en más de una ocasión resolvían los problemas financieros de militares encubiertos, o al menos, eso explica José 01:“Los comandantes llegaban con cajas de galletas que contenían los pagos externos, algunos de la mafia, otros de trabajos alternos”. Así comienza esta historia. Con una caja de galletas, una canción de despecho y uno de los expedientes más inexplicables de un país espía. En general, los agentes –unos aristoespías– hicieron un mapa de las familias, sus redes, relaciones, aliados e incluso adversarios económicos. La autonomía e influencia de los empresarios preocupó al PRI La DFS (1947-1985) fue la policía “política” más temida del país. Su misión oficial era combatir el crimen organizado y el espionaje extranjero, pero su verdadera función era vigilar a la oposición, a movimientos sociales y a los grandes empresarios. Con respaldo de la CIA –y bajo el marco de la Guerra Sucia y el final de la Guerra Fría–, la DFS acumuló facultades para infiltrar, espiar y construir archivos confidenciales útiles para presionar, intimidar o extorsionar. Su interés no era la legalidad, sino que los millonarios no escaparan al control del régimen. Entre los años 1975 y 1986, la DFS estuvo dirigida por militares como Fernando Gutiérrez Barrios (el capitán que detuvo a Fidel Castro en un operativo) y Luis de la Barreda Moreno (amigo de éste último e imputado en siete ocasiones por la matanza de Tlatelolco). Lejos de considerar a esta élite como una aliada, les preocupaba que dominaran sectores estratégicos con autonomía e influencia política durante las presidencias de Luis Echeverría y José López Portillo. El objetivo de las supuestas líneas de investigación era saber quién se reunía con quién, qué alianzas tejían, qué presiones podían ejercer sobre funcionarios y qué pactos podrían alterar la estabilidad del régimen. Vigilar a los poderosos se volvió parte del juego político.Los agentes asignados no eran los mismos que se infiltraron en marchas o fábricas. Eran técnicos que sabían leer balances financieros, interpretar estados de cuenta y circular con soltura entre directores de empresa. No portaban armas pero sí credenciales diplomáticas y tarjetas de presentación. Su campo era reducido pero decisivo: estar donde decidían inversiones, fusiones, concesiones y alianzas políticas. La DFS tenía secciones, estaba la de brigada blanca (encargada de perseguir agrupaciones insurgentes) y la de juegos y sorteos donde José 01trabajo con el objetivo vigilar espacios de apuesta. El espionaje, entonces, no buscaba justicia ni castigo. Buscaba control y servía para chantajear a empresarios reticentes o enviar advertencias tácitas. El Estado mantenía a los millonarios alineados sin tener que sancionar abiertamente. Los informes registraban quién asistía a qué evento, qué temas se discutían, qué empresarios financiaban campañas y qué vínculos tenían con funcionarios públicos. Detalles triviales –como quién regalaba qué– eran relevantes. Todo se organizaba en fichas, mapas y listas que mostraban el poder económico como un entramado vivo, vigilado desde las sombras. Los espías reportaban los aconteceres de eventos públicos donde lograban acceso y relacionaban a los empresarios que asistían a dichos lugares. Por ejemplo, el 26 de marzo de 1965 habían reportado la presencia de Antonio Ortíz Mena, exsecretario de Hacienda, quién ofreció palabras de apoyo a la industria bancaria donde Raúl Baillères Chávez era uno de los empresarios convocantes.“Tengo un saludo de parte de toda la representación de Presidencia dado que el trabajo que origina el sector. Comentó el Lic. Antonio Ortiz Mena, agregando apuntes sobre la superación económica que tuvo el país en los sectores agrícolas, ganaderos y de transportes”, escribió el comandante con el pseudónimo GMG.El desplome de una avioneta en la colonia Jardín Balbuena Abro el primer expediente, leo el nombre de Emilio Azcárraga Vidaurreta, el padre de quien consolidaría el emporio televisivo más poderoso del mundo hispano. Estuvo en la mira como lo revela la ficha 44-17-72 legajo 6, acusado de invadir un predio; se supo envió a un representante de la constructora Masomoto para mitigar las protestas. El predio estaba en Iztapalapa, dice el reporte del 6 de septiembre de 1972. El agente escribió el nombre de Manuel Chirino García como mediador.De la familia existen otros datos de carácter privado, por ejemplo, el nacimiento y domicilio de su hijo, Emilio Azcárraga Milmo, nacido en 1930. Heredó no sólo la empresa familiar, sino una visión de control total sobre los medios masivos en México. Su estilo de gestión fue implacable: mezclaba el entretenimiento con la política, tejía alianzas con los presidentes en turno y convertía la televisión en una herramienta de poder cultural y político.Sobre Azcárraga Milmo, la policía reportó su domicilio particular con ubicación en Palacio de Versalles No. 355, su número de teléfono 21-75-78 y varios recortes de publicaciones en la prensa sobre él. De su familia, la policía secreta abrió, al menos, cuatro casos distintos y, quizás el más interesante, es la ficha donde los espíasmencionan el desplome de una avioneta con placas XB-ABG en la colonia Jardín Balbuena, comandada por algún integrante de la familia y del que los gendarmes se refieren solamente como ‘Capitán A’. Del accidente no hay más información.Del mismo modo, la DFS señaló al empresario agroindustrial Mario Javier Robinson Bours Almada. Su ficha lleva el título “Burs Familia (sic)”. El espionaje ocurre tras la toma de parcelas de los predios (ahora localidades del municipio de Badiraguato) El Fuerte y Santa Rosa en Culiacán, Sinaloa; los militares escribieron que se trataba de un acto de despojo cometido por la familia Bours y denunciado por integrantes de la Confederación Nacional Campesina, quienes ante las denuncias fueron atendidos por el entonces Secretario de la Reforma un Agraria, Félix Barra García; estos hechos ocurrieron el 7 de noviembre de 1975 y quedaron en el expediente 100-23-1-75. Otra familia víctima de espionaje fue la de Eugenio Garza Sada, fundador de Grupo FEMSA, conglomerado mexicano diversificado en las industrias de bebidas, comercio al detalle y servicios digitales, asesinado el 17 de septiembre de 1973 en circunstancias violentas ligadas a su resistencia frente al control sindical y, de la cual, los militares abrieron cinco expedientes distintos con el mismo caso sin ser realmente investigado. La DFS temía de la fuga masiva de capital que desestabilizara al paísFinalmente estamos frente a otros expedientes similares. Los de la familia Gonzalez Laporte, una de las figuras más representativas del poder empresarial de las últimas décadas, reconocido por su influencia en el sector privado y por su papel en la interlocución con el gobierno de Echeverría. Particularmente de Claudio Xavier González Laporte se menciona que nació en 1934, forjó su carrera como abogado y empresario hasta convertirse en presidente del Consejo Mexicano de Hombres de Negocios, desde donde articuló posiciones estratégicas del empresariado. En esos años era director de Kimberly-Clark, importante en el mercado de consumo. Los gendarmes decidieron dedicar escasas cuatro fojas a un árbol familiar e intentar descubrir cuál era la postura del magnate respecto a la inflación que era, según los documentos, el mayor problema de México. Reportaron, por ejemplo, cuando Ortíz Mena dijo ante la industria bancaria: “la economía de México ha crecido favorablemente”, anotaron.El expediente que sigue a Raúl Baillères Chávez arranca con una justificación oficial: la muerte de Epifanio Vargas Pacheco, un campesino que, según la DFS, fue propietario original de la hacienda La Begoña, que terminó en propiedad de Grupo BAL para la reproducción y crianza de toros de lidia. Sobre el campesino, el acta de defunción dice que murió de un infarto pero los agentes con el pseudónimo PMMC usaron el hecho para perseguir clandestinamente a la familia.Todos los casos, de millonarios investigados, tienen en común que las presuntas denuncias nunca fueron investigadas, es decir, se inician por algún accidente y terminan reportando árboles familiares o reuniones empresariales. Cuando pregunto la razón al agente José 1, su respuesta es contundente. “Fabricamos delitos para poder acercarnos a los individuos, a veces para lograr una extorsión y otras veces para ayudarlos a ocultar información. Eso sí, ser quien acusa siempre paga bien”. “Robábamos pero modestamente. Si algún elemento tenía a su mujer enferma, por ejemplo, se le ayudaba porque todos tenemos necesidad. Entonces chingábamos ese dinero con algún cabrón y le decíamos ‘toma, arregla tu problema’. Y fuimos de los grupos más limpios, todos robaban o extorsionaban, algunos se hicieron millonarios y otros tenían que mantener a sus familias”.Una sección particularmente minuciosa en los expedientes describe la participación de Baillères Chávez en foros del Instituto Tecnológico Autónomo de México, fundado por su familia y considerado semillero de los tecnócratas. La DFS registraba la reacción del público, los aplausos o silencios, incluso qué preguntas evitaba. Cada gesto era interpretado como una señal. La vigilancia a Baillères no se centraba únicamente en sus relaciones públicas, sino también en sus decisiones corporativas. En especial, durante los años de la crisis de deuda de 1982, los agentes de la DFScomenzaron a prestar especial atención a movimientos bancarios, contactos con entidades financieras extranjeras y variaciones abruptas en inversiones. El verdadero temor no era un golpe de Estado, sino la fuga masiva de capital que desestabilizara la economía nacional.Las cajas de galletas y los narcopolicías Las cajas de galletas eran siempre las mismas: rectangulares, de cartón grueso, con dibujos de mantequilla o chocolate. No llevaban dulces, sino fajos de billetes amarrados con ligas, a veces con etiquetas con nombres o montos. Llegaban cada semana a la oficina de la DFS en Guadalajara. Las dejaba un hombre moreno, de sombrero tejano, enviado por el Cártel de Guadalajara. No hablaba. Solo entregaba la caja, daba media vuelta y se iba. Los agentes sabían lo que seguía: cerrar la puerta, contar el dinero y repartirlo. “Así se trabajaba. Sabíamos quién nos pagaba de verdad”, dice José 1, testigo de una época donde la ley era una farsa.El exagente no dice su nombre completo. Hoy vive en la Unión Americana, en un suburbio en California donde nadie sospecha que alguna vez llevó un arma calibre .38 bajo el saco. Recuerda su historia con mezcla de cinismo y fatiga. Habla lento. Sabe que su historia parece invento, pero la cuenta con la calma del que ha visto demasiado. “Nosotros no éramos policías. Éramos otra cosa. Éramos los que sabían todo, pero no lo escribían.”Entró a la DFS tras una carrera irregular: soldado, policía rural, preventivo. La puerta fue una detención por su presunta participación en una matanza entre bandas en San Luis Potosí. Iba a pasar años preso, pero un contacto de alto nivel lo sacó. Fue “José Luis, El Flaco, amigo del NegroDurazo, me salvó el pellejo y me metió al juego grande.”Ese juego grande, dentro de la DFS, ocurría en la base del Distrito Federal. Así, desde su oficina en Jalisco, ‘José 01’ y su grupo recibían órdenes desde la capital, muchas veces en sobres cerrados. El pretexto era combatir apuestas ilegales, pero en el terreno todo cambiaba. “Mi trabajo era llevar información. Recibía instrucciones y aparentamos trabajar como policía contenciosa, nos tocaba atender de todo, incluso cuando había algún conflicto con los empresarios, así armábamos reportes aunque desconozco en qué se usaban”, dice para DOMINGA. “La misión especial que nos dictaron desde [Ciudad de] México era la de combatir los juegos y sorteos aunque no hacíamos nada porque uno de los millonarios que gestionaba todo lo relacionado a las apuestas, Antonio Alcaraz Asensio, trabajaba con nosotros, estaban coludidos también”.Pero era pura pantalla. “Nuestra función real era proteger al Cártel de Guadalajara.” Conoció a todos. Fonseca Carrillo, Caro Quintero, Azul Esparragoza. “Los seis fundadores. Nos veíamos en ranchos, fiestas, juntas. A veces en restaurantes.” Uno de los sitios frecuentes era una finca en El Colli en el municipio de Zapopan, Jalisco, usada como depósito de droga y de cadáveres. “Cuando decomisábamos algo, no se destruía. Lo llevábamos ahí. A veces nos pagaban con un porcentaje, otras con favores.” No había uniforme ni jerarquía clara. Operaban como comandos invisibles: entraban, detenían, liberaban o desaparecían personas según el encargo. “A uno lo agarramos por filtrar. El jefe dijo: desaparezcan al cabrón. Y se hizo.”Pero José 01no se ve como verdugo. Se ve como testigo. Dice que ayudó a compañeros en apuros, que compartía si alguien lo necesitaba. Que una vez un agente lloró por no poder pagar la operación de su hijo, y entre todos juntaron el dinero con lo que acaban de levantar de una casa. “La caja de galletas esa vez no era para nosotros. Fue para él”.Al cerrar el expediente, se entiende que la vigilancia no buscaba culpables, sino control. El archivo de Baillères Chávez no revela crímenes, sino la ansiedad del régimen ante el poder económico. El Estado sabía quién tenía el poder real y le temía. No se denuncian delitos. El verdadero peligro era que los empresarios dejaran de escuchar al gobierno. La vigilancia no era protección, sino recordatorio. Un mensaje silencioso: nosotros también los estamos mirando. La pregunta deja de ser por qué se espiaba a los empresarios. La pregunta verdadera es: ¿quién mandaba a quién?GSC