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Los golpes de suerte en el ring: la nueva encrucijada de la lucha libre mexicana
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Los golpes de suerte en el ring: la nueva encrucijada de la lucha libre mexicana

  • - 2025-08-24

DOMINGA.– Los golpes de suerte han marcado no sólo la historia de la lucha libre, sino también el andar de sus gladiadores que dejan sus mejores victorias en el cuadrilátero más famoso de la colonia Doctores. La lucha libre no se explicaría sin aquel día decisivo en que Salvador Lutteroth ganó el premio mayor. Con ese dinero se transformó la antigua Arena Modelo –hoy Arena México–, un recinto que en los años treinta funcionaba, principalmente, como cancha de basquetbol. Gracias a la difusión de carteleras y su promoción en la prensa deportiva, los luchadores alcanzaron una popularidad desbordante. Bastaron un par de décadas para que inmortalizaran historietas y películas, un furor que perdura hasta hoy.Entre esas historias está la de Solar, un luchador que me recibe en su tienda o “cueva sagrada” –como le llama– de la colonia Centro, un 23 de julio de 2025. Lo veo entender a sus proveedores, entre recortes de periódicos, cuadros, máscaras autografiadas, figuras, playeras y capas que dan cuenta de su historia. Su verdadero nombre y su edad las mantiene en secreto, parte esencial en el mito del enmascarado. Cuando era joven y soñaba con subirse al ring, sin un peso en la bolsa, encontró un fajo de billetes en el baño del mercado de abastos de Guadalajara, Jalisco, donde trabajaba cargando toneladas enormes de fruta.Con ese milagro pagó unos meses en el gimnasio de la Arena Coliseo. Cinco años después, ya en la Ciudad de México y con apenas veintipocos años, estuvo a punto de quedarse dormido en una banca de la Plaza Garibaldi: lo acababan de desalojar de la pensión en la que dormía. Entonces apareció El Solitario –una leyenda del ring, inconfundible por su antifaz negro y máscara dorada–, quien lo acogió en su casa de la calle Vizcaínas. Se convirtió en su amigo, guía, y pronto Solar comenzó a forjarse como un luchador de preseas a mediados de los años setenta.Como sus gladiadores, la lucha libre ha sobrevivido a fuerza de milagros. Y quizá por eso se niega a morir. Ha sobrevivido al desprecio de las élites, a la televisión en su época más boyante, a crisis económicas y a la invasión del wrestlingextranjero, donde la mayoría de los luchadores pelean sin máscara y priorizan el espectáculo y el negocio sobre el mito.Pero nuestra lucha libre ha tenido varios booms: en los años cincuenta, en los noventa y, ya en los dos mil, con la irrupción del Místico, que atrajo la mirada de nuevas generaciones y de un turismo ávido de lo Mexican curious. Hasta que, en 2018, fue declarada Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad de México.Los nuevos desafíos de la lucha libre mexicanaSin embargo, en 2025, la lucha libre enfrenta una nueva encrucijada: la compra de una de sus dos grandes empresas, la Triple A, por parte de la World Wrestling Entertainment (WWE). Su director general, Dorian Roldán, anunció el pasado 19 de abril el acuerdo de adquisición, concretado tras 38 rondas de negociación y valuado en 50 millones de dólares.Roldán negó que la operación respondiera a una crisis económica y la justificó como un paso hacia el expansionismo global, con la promesa de insertar a los luchadores mexicanos en un ecosistema mundial. De modo que los 75 gladiadores de la Triple A pasan ahora a manos de la empresa estadounidense. Algunos temen que la máscara –ese símbolo quizás más representativo de lo mexicano que el sombrero charro– se diluya en un espectáculo globalizado.Las posturas de los expertos es que los luchadores del Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL), la otra gran empresa del país, seguirán apostando por la tradición de los enmascarados y la lucha clásica, que se presenta en su mayoría en la Arena México. Los gladiadores de la Triple A, en cambio, podrían inclinarse hacia el modelo estadounidense: espectáculos más teatrales, con historias alrededor de los personajes, incluso disputando el amor robado de una mujer.Pero la lucha libre, como sus gladiadores, parece tener más vidas que un gato. “La han matado muchas veces, pero siempre sobrevive”, dice Christian Cymet, historiador y considerado el mayor coleccionista de lucha libre en México. Guarda más de 2 mil 500 máscaras, todas usadas y luchadas, que datan de los años cincuenta en adelante; las más antiguas pertenecieron a El Santo, Blue Demon y Black Shadow. Para Solar, la apuesta seguirá siendo el estilo clásico del CMLL, conocido entre los fanáticos como “la seria y estable”. Sin embargo, también reconoce que hay público para todo y que, si la venta garantiza mejores condiciones laborales, siempre será positivo. Al final, con el paso del tiempo y los combates, quienes se acaban son los propios luchadores. “La lucha libre sigue y va a seguir”, sentencia.El primer golpe de suerte: el premio mayor de la Lotería NacionalEn México, la lucha libre nació el 21 de septiembre de 1933, cuando Lutteroth –exteniente revolucionario que había visto funciones de wrestlingen El Paso, Texas– decidió traer este espectáculo a su país. Rentó la entonces Arena Modelo, presentó al Ciclón Mackey, al sonorense Yaqui Joe y al Chino Achiu. Así fundó la Empresa Mexicana de Lucha Libre, con la intención de agrupar, organizar y de dar identidad a los gladiadores. Hoy, aquella se ha convertido en el CMLL.Un año después, en el primer aniversario de la compañía del 21 de septiembre de 1934, a Lutteroth le sonrió la suerte cuando iba de camino a la oficina y compró el billete premiado de la lotería con 40 mil pesos, que le permitió renovar el techo, butacas y consolidar su promoción.Al ver que traer luchadores extranjeros era insostenible, Lutteroth fundó la primera escuela de lucha libre en la Arena México. La dirigió Gonzalo Avendaño Aguilar, maestro en karate, judo y gimnasia, quien había entrenado al propio Lutteroth. De ahí surgió la primera gran generación de gladiadores, que se metió en el corazón del pueblo gracias a la tinta de los diarios deportivos como La Afición, cuyo director, Alejandro Aguilar Reyes, animaba a promover la lucha en sus páginas.“Fue tanto el éxito el de la lucha libre, que a Lutteroth le permitió construir varias arenas –en los años cuarenta y cincuenta– en la República mexicana, como: Arena Coliseo, Arena Puebla, Arena Coliseo de Guadalajara y la nueva Arena México de la colonia Doctores con capacidad para albergar 17 mil 678 espectadores”, dice Cymet. En los sesenta, el público más fiel venía de barrios populares, lo que alimentó el prejuicio de que era un espectáculo “de clases bajas”. Pero eso no impidió que creciera. La convivencia directa con sus aficionados, el contacto físico y humano, sigue siendo su mayor ventaja frente a otros deportes. Ningún otro ha inspirado tantas películas, las primeras filmadas en blanco y negro, posteriormente a los años del boomdel cine de oro. La misma persona que te daba un autógrafo en la Arena aparecía en la pantalla grande. Entre 1952 y 1982 se filmaron 110 cintas de lucha libre. El Santo protagonizó 53 y Blue Demon, 25. “En Europa creían que eran personajes creados para el cine, pero primero se forjaron en el ring”, recuerda Raúl Criollo, coautor de ¡Quiero ver sangre! Historia ilustrada del cine de luchadores. Juan Villoro lo resumió así en el prólogo de ese libro: “El éxito del género dependió de la doble condición de los héroes: podían ser vistos en la Arena México y en el espacio irreal del cine. Pocas veces la cultura popular tuvo representantes tan próximos y tan lejanos. La misma persona que te daba un autógrafo en la lucha del viernes, enfrentaba desafíos extraterrestres en la película del domingo”.“La película fundadora del género lleva un título tan elocuente que anticipa todo lo que vendría después: La bestia magnífica”, concluye Villoro. Filmada en 1952 por Chano Urueta, era más un melodrama sobre la vida de los luchadores que una historia de superhéroes. Todavía no se sabía que su destino sería salvar a la humanidad, como después lo haría El Santo.Incluso el filósofo francés Roland Barthes intentó descifrar su simbolismo. En su Mitologíasescribió que la función del luchador no es la victoria, sino encarnar la pasión. La carrera de Solar fue una cadena de golpes afortunadosLos luchadores son pueblo de carne y hueso, no leyendas fabricadas. Y Solar lo sabe mejor que nadie, uno de los máximos exponentes, quien lleva medio siglo sobre el ring. Antes de enfundarse en mallas y máscara, pasó hambre, ordeñó vacas, cortó leña en el establo del presidente municipal de su natal Zacoalco, Jalisco. Su camino hacia la lucha libre estuvo marcado por la pasión –como leía Barthes– y por una cadena de golpes de suerte. La vida es como en el ring, sobre todo para las clases bajas. Para llegar a la meta hay que subirse, girar, soltar golpes, aplicar llaves, esquivar al rival y confiar en que ese día la suerte esté de tu lado. A finales de los años sesenta, siendo adolescente, emigró con su familia a Guadalajara, a una vecindad donde ocho personas compartían un cuarto. Trabajó en el mercado de abastos y en la construcción de una iglesia, donde llenaba a pala camiones con arena y grava. Un primo lo llevó por primera vez a la Arena Coliseo. No sabía que existía, pero al ver a los luchadores pensó: “Si ellos lo hacen, yo también”. Pero el rigor casi lo quiebra. Su primo desertó a las dos semanas; él resistió, soportando fiebre y agotamiento. Tras las diez horas de jornada como albañil y todavía con mezcla de cemento en la ropa, comenzaba la rutina en el gimnasio.“Aunque estaba acostumbrado al trabajo rudo, acá en el gimnasio era diferente. Ahí se hacían saltos de tigre, rodadas, saltos de canguro”, dice para DOMINGA.El luchador Diablo Velasco, entrenador de figuras como el Perro Aguayo y Mil Máscaras, le dio las bases de la lucha libre. Sin embargo, por su honradez y puntualidad, lo nombró encargado del gimnasio, pues le convenía más como administrador. Al enterarse de la situación, los hermanos Calavera –estelares en la Arena Coliseo– fueron quienes lo pulieron y lo debutaron en San Luis Potosí. La vida de Solar fue una cadena de encuentros afortunados. Durmió en el gimnasio para escapar de la vecindad en la que vivía “amontonado”. Recuerda una noche ahí, en la que sintió algo moverse en su pierna: “Era una méndiga rata, que me estaba rasguñando y mordiendo”. Pero al ver que en el gimnasio, el Diablo Velasco no lo estaba impulsando, decidió emigrar a Monterrey en busca de éxito y fama. Allí comenzó a buscar a una benefactora de luchadores sin dirección ni nombre, solo preguntando en la calle si conocían a una señora conocida como La Jefa. Y la encontró. Había escuchado hablar de ella, era una de las responsables de dar alojamiento y combates en las arenas de Monterrey y la zona fronteriza del país. Luego, en uno de sus encuentros en Nuevo Laredo, donde luchaban los fines de semana a inicios de los setenta, conoció a El Solitario, quien le dio su tarjeta con una promesa: “Cuando vayas a la Ciudad de México, si necesitas algo, háblame”.Al año siguiente, su destino lo trajo a la Ciudad de México, buscando suerte en las múltiples arenas que existían en la capital. Sin alojamiento, lo único que le quedaba era una banca en la Plaza Garibaldi y la amistad que había cultivado con los merolicos, quienes estaban de moda y atraían a los turistas con sus ingeniosas rutinas.Entonces recordó la tarjeta. Con una maleta caminó hasta el departamento que El Solitario compartía con El Vikingo, un luchador muy popular de la época, conocido por ser un sanguinario y un rudo de siete suelas que trabajaba “el izquierdazo”. Vivió con ellos tres o cuatro años, hasta que se casó. Entre giras en plazas provincianas y una decena de viajes –que en un inicio sólo podía comunicarse con señas– a Japón y donde la lucha libre mexicana es venerada, forjó una carrera de medio siglo. Hubo épocas en que subía al ring cuatro veces al día para mantener a su esposa, sus cuatro hijos, y hasta sus mascotas: gatos, perros, tortugas y pájaros.Con El Santo coincidió y tuvo la fortuna de verlo sin máscara. “Lo conocí sin máscara en un vestidor. Entró y me dijo: ‘Hola, muchacho’, y se la quitó”. Un golpe de suerte, porque el Enmascarado de Plata no se la quitaba ni para bañarse.Con la venta de la Triple A, la moneda está en el airePara el coleccionista Christian Cymet, el fenómeno del Místico fue decisivo para que el mundo volviera a mirar a la lucha libre mexicana a inicios del año 2000: los extranjeros querían vivirla en carne propia. La imagen del Místico y la magia de la Arena México dieron la vuelta al mundo con el video musical de “Me muero”, de La Quinta Estación, donde la vocalista Natalia Jiménez canta en el cuadrilátero. El clip oficial de 2009 suma 79 millones de reproducciones en YouTube.El boomturístico lo alcanzó en su local, la Tienda Solar, abierta desde 2008 en la calle de Luis Moya, a unas cuadras de la Arena México. Ahí, además de vender máscaras autografiadas, Solar invita a otros luchadores para que convivan los sábados y se tomen fotos con los aficionados. Para Cymet, la lucha libre mexicana y del pueblo seguirá viva, pese al éxito de su versión en Estados Unidos. “Ha sido declarada muerta muchas veces y siempre ha resucitado”. Para Solar, su permanencia sólo es comparable con la música de José Alfredo Jiménez: ambas son sello del pueblo. Y como dice su canción, “El hijo del pueblo”: “El día que el pueblo me falle, ese día voy a llorar”. La pregunta queda flotando: ¿seguirá siendo la esencia del pueblo… o el pueblo le fallará a la lucha libre? Ahora, con la venta de la Triple A, la moneda está en el aire.GSC/ ASG


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