DOMINGA.– “A los empresarios se les acabó el negocio de las haciendas, por eso ahora son desarrolladores inmobiliarios. Pero es lo mismo: para nosotros, los mayas, son las haciendas modernas”, asegura Daniel. Como muchos otros, Daniel vivió con su familia en terrenos que se tragó un complejo residencial de cinco estrellas.Misnébalam es un pequeño rincón natural en Chablekal, una comisaría maya a menos de 20 kilómetros de Mérida. Ahí se encuentran los vestigios de una hacienda de la época henequenera. Fue abandonada por sus hacendados después de la rebelión maya a inicios del siglo XX –conocida como la Guerra de Castas–, y también cuando el precio del henequén se desplomó a nivel mundial tras la Gran Depresiónde 1929. Sin embargo, hasta 2005, los descendientes de los esclavos seguían viviendo ahí. Ese año el Inegi informó que en la hacienda y sus alrededores ya no vivía nadie. Por eso muchos la conocen como un pueblo fantasma. Y son varios los rumores sobre el abandono, unos dicen que el espíritu de Fidencio Márquez –propietario asesinado en la rebelión maya– aterroriza a la gente que se pasea ahí; otros simplemente son menos místicos: la gente prefiere vender la tierra en vez de trabajarla. Es un día de mayo de 2025 y Silvia Chale y yo caminamos por el monte. Ella es campesina, originaria de Chablekal. Debido a que es tiempo de sequía, el monte –la forma con la que los mayas se refieren a la selva– no luce esa exuberancia que prometen las fotografías que promocionan las inmobiliarias. Silvia camina con un machete abriendo camino y dice firme: “Aquí hay mucha vida”. A pesar de todo.Misnébalam es mucho más que un pueblo fantasma. Es el último rincón natural que le queda a la comisaría en la que nació. Casi una hora después de internarnos en la vegetación, de sentir las ramas secas rozar nuestros brazos y escuchar el silbido del machete cortando bejucos, llegamos a un montículo de piedras desde donde se divisa el horizonte. Enfrente hay un desarrollo de lujo –Yucatán Country Club– y Silvia suelta una verdad ineludible: “Todo esto lo estamos defendiendo por una simple razón: si lo perdemos, nos morimos”. Detrás de la selva, se asoma el progreso, con sus country clubsy residenciales que desde hace dos décadas han devorado el monte en su camino al mar.De acuerdo al último censo del Inegi en 2020, habitan 5 mil 034 personas en Chablekal. Muchas de ellas, como Silvia, están organizadas. Porque representantes del ejido –unas 347 personas– han vendido más de la mitad del territorio a empresarios. Las ventas han sido a través de engaños, violando la ley y aprovechando el desconocimiento que los campesinos tienen sobre sus derechos. Recientemente, las autoridades agrarias admitieron una solicitud promovida por pobladores de Chablekal en la que acusan que el Comisariado Ejidal ha intentado usar, cambiar el destino o vender ilegalmente las tierras en Misnébalam, incluyendo actividades mineras y venta de lotes. Aunque existe una resolución jurídica que ordena respetar la posesión y uso de Misnébalam por parte de los pobladores.Y no es lugar sin vida. Entre sus caminos las ceibas se alzan, los álamos ofrecen sombra y el canto de las chachalacas rompe el silencio, testificando la vida que aún se respira aquí.Familias mayas aseguran que vendieron sus terrenos bajo engañosDaniel tiene una voz cargada con el peso de lo que el progreso se ha llevado. Ronda los cuarenta y pocos años y, como muchos otros, ve en los complejos residenciales una continuación de aquel sistema que esclavizó a su pueblo para el henequén de Yucatán. Levanta un brazo y enseña a lo lejos las tierras que tuvo su abuelo.En sus palabras se adivina una vida forjada en el campo. Como otros mayas, él vivió con su familia en estos terrenos que se tragó el Yucatán Country Club, el complejo residencial “más importante de la península de Yucatán y de Latinoamérica”, dicen sus desarrolladores en la publicidad. “Mi abuelo tenía tierras ahí. Teníamos nuestro solar y había un álamo enorme que, cuando cercaron, se quedó ahí dentro. Ahí también se quedaron mis recuerdos”, dice Daniel.Su familia vendió sus tierras bajo engaños, firmando hojas en blanco, o con leyendas en español sin traducción al maya, como le ocurre a muchos habitantes de Chablekal, quienes durante años han denunciado que las autoridades del ejido están coludidas con empresarios inmobiliarios que compran tierras a bajo costo para construir complejos residenciales. Así, las tierras de Daniel y su familia ahora pertenecen a uno de los desarrollos de Inmobilia, dirigida por Roberto Kelleher Vales, que ha levantado proyectos de lujo en Tulum, Madrid o Caye Chapel.Ese álamo, un guardián silencioso de su infancia, se convirtió en un símbolo de lo perdido. Mientras habla muestra en su teléfono una fotografía del álamo, una imagen que encierra una historia de despojo y resistencia marcada por la venta con engaños y aprovechando el desconocimiento de la población, de poco más de 320 hectáreas del ejido de Chablekal.Hoy ahí se construyó un edificio de cinco hectáreas que incluye cinco restaurantes y cinco bares, así como canchas de tenis, futbol 7, pádel y albercas de azul turquesa. El resto es un campo de golf y cenotes que, aunque la inmobiliaria presume que son naturales, en realidad son artificiales. Como una ironía de mal gusto, Daniel trabaja para el mismo country club que se levantó sobre los recuerdos de su familia. Uno de los tantos habitantes que se ven forzados a vender su fuerza de trabajo en los lugares que antes les pertenecieron. Pero, ¿qué ha ocurrido? Desde el año 2000, una silenciosa pero devastadora transformación ha barrido el territorio de Chablekal. Más del 66 por ciento de la tierra de uso común del ejido –lo que equivale a casi tres mil hectáreas– ha cambiado de estatus, de ser un bien comunal a parcelas individuales. Este cambio no es trivial: estas tierras, que deberían estar destinadas a los descendientes de ejidatarios u otros mayas, ahora pasan a manos de las empresas inmobiliarias, quienes las compran a un precio irrisorio de tres a cinco pesos por metro cuadrado, y adquieren después un valor millonario en el mercado inmobiliario.Los pobladores no dudan en señalar a los responsables de esta avalancha de ventas. Acusan que no sólo la Asamblea Ejidal ha dado su visto bueno, sino que las autoridades agrarias están presuntamente “coludidas con los empresarios”.Nadie explica a los ejidatarios los pros y contras de nuevos usos de sueloLa historia de cómo se orquesta esta desposesión es reveladora. Se escucha el lamento de la comunidad sobre el papel de la Procuraduría Agraria, cuya obligación es informar en las asambleas sobre la pérdida de territorio. Sin embargo, “nunca hemos visto eso. Llegan y avalan todo. No hacen su trabajo”, dicen las comunidades.Además, las irregularidades en las asambleas son constantes: se proponen varios temas a la vez, como la venta de tierras y el cambio de uso de suelo, y todo se aprueba en una misma reunión, algo que no debería ocurrir, una decisión tan grande necesita tiempo para reflexionarse, como reconoce la Ley Agraria de México. Existe la percepción de abuso hacia los adultos mayores, quienes constituyen la mayoría de los asistentes a dichas asambleas. Los ejidatarios rara vez reciben una explicación clara. “Nunca vas a escuchar en una asamblea, por parte del Comisariado o del asesor del ejido [que es un abogado], que les explique a los ejidatarios los pros y los contras de un cambio de uso de suelo o la transferencia de tierras. O sea, nada de eso existe”, confiesa un poblador en el anonimato. La estrategia parece ser clara: “El ejido tiene la intención de que, entre menos entiendan, mejor”. Se incentiva la aprobación de la venta con pagos de 5 o 10 mil pesos, sin especificar cuántas hectáreas se están vendiendo ni a qué corresponde dicho pago. Se ha denunciado incluso un engaño en torno a la renta de tierra. Aunque se presenta como un acuerdo temporal en el que la tierra regresaría al ejido después de unos años, la realidad es otra.Un claro ejemplo de la presunta colusión es el consentimiento de las autoridades agrarias para incorporar a empresarios como ejidatarios, a pesar de que no tienen vínculos familiares ni son avecindados.La lista de empresarios de alto perfil vinculados al desarrollo inmobiliario es larga. Esto, en los hechos, es un ejemplo del fin del reparto agrario conquistado durante la Revolución, y desplaza el patrimonio colectivo por el individual, ligado a una economía de mercado que permite al empresariado la concentración de tierras y, con esto, introducir la especulación, presionando el alza a los precios del mercado y generando falsas proyecciones de inversiones en el corto y mediano plazo. José Euan Chan, vecino de Chablekal, articula la esencia de la traición: la función original del ejido era dotar de tierras para el crecimiento del pueblo, asegurando que los hijos de los pobladores tuvieran un lugar donde establecerse. Sin embargo, el ejido ha estado vendiendo esas tierras que le fueron otorgadas para dicho propósito. Es decir: más allá de ser una herencia, las tierras de uso común se vuelven un negocio para los que sí tienen tierras. “Unas 346 personas están decidiendo qué se vende o qué no. Creen que tienen el derecho de manejar la tierra por tener un papel, y las cosas no son así”, afirma José, extendiendo esta problemática a muchos otros pueblos que están siendo “saqueados de sus tierras ante el crecimiento de la ciudad y de los negocios inmobiliarios”.Frente a este desolador panorama, José Euan Chan revela una decisión crucial: “Tomamos la decisión de unirnos y asentarnos en el polígono de Misnébalam, que es selva baja caducifolia”. La lucha que han emprendido, tanto por su pueblo como por sus familias, va más allá de la mera posesión de la tierra. Su objetivo primordial es “acabar con la venta de lo que se estaba entregando a los empresarios”.Mayas toman posesión de los terrenos abandonados de MisnébalamEn 2014, Silvia, José y Daniel se unieron a otros y conformaron la Unión de Pobladores y Pobladoras de Chablekal, integrada por habitantes de la localidad. Su objetivo es simple: impedir la venta masiva de tierras ejidales a inmobiliarias y particulares y, con esto, evitar el despojo de su territorio, su cultura y su historia.Ese año, desde la Asamblea Ejidal, autorizaron la venta de mil 200 hectáreas de tierras de uso común del monte a particulares. Ante esto, la Unión de Pobladores se asentó y tomó posesión de un polígono de 300 hectáreas. Además, presentaron una demanda ante el Tribunal Unitario Agrario, reclamando sus derechos como pueblo originario. “El ejido había estado vendiendo las tierras que se le dotaron. Se hizo un análisis, y de las cuatro mil hectáreas de uso común, quedaban como mil. La zona donde quedaba más espacio era Misnébalam –la hacienda conocida como pueblo fantasma–, donde todavía no ha llegado el crecimiento urbano”, dice. “Por eso decidimos posicionarnos ahí, porque es un área grande de las pocas que quedaban. Todos los terrenos cerca del pueblo ya están vendidos, hay fraccionamientos. Las pocas tierras que le quedan al ejido son esas y son tierras de uso común que le pertenecen al pueblo”, dice Silvia. No obstante, ante la negativa de las autoridades en escuchar sus demandas, en 2016 la comunidad y sus asesores interpusieron un amparo en el Juzgado Primero de Distrito. El amparo resultó a su favor y reconoció la legitimidad de la Unión para defender las tierras. El amparo, además, ordenó al Tribunal Agrario analizar el caso y emitió una medida cautelar para proteger Misnébalam, la cual sigue vigente hasta que el juicio por la posesión de la tierra termine, hoy congelado en el Tribunal.“Si estamos defendiendo Misnébalam es porque siento que me pertenece como pobladora, y porque de ahí voy a seguir respirando”, afirma Conchi Coot, habitante de Chablekal y también integrante de la Unión. Su afirmación encierra una controversia jurídica que, de resolverse a favor de los pobladores de Chablekal, sentaría un precedente histórico.Miguel Anguas, abogado de Kanan, la organización civil que asesora a la comunidad, explica: “No existe en México un caso donde personas sin derechos agrarios formales hayan logrado legitimidad para defender [sus] tierras como pueblo originario. Si ganan, se cuestionaría el sistema agrario actual y se reconocería el derecho a la tierra como un derecho humano”.Desde 2021, la Asamblea Ejidal ha intentado violar la medida precautoria para parcelar el monte de Misnébalam. El último caso ocurrió en marzo de este 2025, cuando maquinaria de la empresa Coradime ingresó ilegalmente a una parte de Misnébalam para iniciar los trabajos de construcción de un banco de materiales para abastecer las obras del Tren Maya. La zona es reconocida como selva baja caducifolia, un ecosistema prioritario debido a su alta biodiversidad, y para el que las autoridades ambientales necesitan otorgar permisos para talarlo. Además, alberga vestigios arqueológicos de centros ceremoniales mayas.Por eso Silvia camina por el monte con su machete. Lo está cuidando. Y mientras tomamos el fresco debajo de un álamo frondoso, concluye: “Esos montes que nunca fueron henequenales deben ser respetados como parte del disfrute del pueblo. Nos estamos quedando sin monte, sin las maderas, sin el ecosistema, sin todos los animales que viven ahí. Un pueblo sin monte, ¿cómo queda? Como una persona sin brazos ni piernas”.GSC