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El régimen de Díaz Ordaz silenció el Ayotzinapa de 1967: la Masacre de Copreros
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El régimen de Díaz Ordaz silenció el Ayotzinapa de 1967: la Masacre de Copreros

  • - 2025-08-24

DOMINGA.– Los pistoleros se apostaron en el techo del edificio de copreros, debajo de las camionetas de carga, entre los automóviles. Portaban armas cortas y rifles. Con ellas atacaron a los disidentes que iban desarmados, así como a mujeres y niños que los acompañaban. Uno de los caídos, Alberto, tenía impactos de bala de una subametralladora de 9 milímetros: le dieron en la nuca, la espalda y el pecho.Pocos lo recuerdan. La mayoría de los trabajadores de coco de aquellos años oscuros ya ha muerto. Una masacre irrumpió en Acapulco, el 20 de agosto de 1967, en la avenida de Ejido. Las cifras oficiales hablan de 35 fallecidos y más de un centenar de heridos, aunque fueron más: muchos no acudieron a un hospital por miedo, otros sucumbieron después a causa de las lesiones, quedando fuera de los registros.Fue el Ayotzinapa antes de Ayotzinapa, o mejor dicho: un Ayotzinapa previo a los tantos otros Ayotzinapa que han sacudido a Guerrero. Los ecos del pasado resuenan en el presente a modo de similitudes: criminales civiles y policías regionales atacaron a los estudiantes normalistas de 2014. Soldados de la 27° Zona Militar fueron testigos. A los copreros de 1967 les pasó casi lo mismo.Es el primer domingo de agosto de 2025, la piel se cuece bajo un sol que calienta a 30 grados y tengo cita en una de las ciudades más violentas, específicamente en el cruce de la Calle 6 y Avenida Ejido, muy transitado debido a la terminal de autobuses de Acapulco. Estoy en la escena del crimen.Nadie imagina las atrocidades que cometió un grupo de pistoleros en este mismo viejo edificio de dos plantas, el clima del puerto ha dejado rastros que algún día fue azul, otro beige y otro gris. Tal vez nadie sabe de la matanza porque ninguna placa lo dice y tampoco viene en los libros de texto. En los alrededores, solo hay letreros que anuncian vulcanizadoras, venta de comida, una gasolinera, un motel. Pero Kandy Salas sí lo sabe bien. Ella es abogada, activista, ha sido funcionaria y dedica su vida a preservar la memoria de esta masacre en la que de puro milagro salvó la vida su abuelo Justo Salas, exintegrante de la Unión Mercantil de Productores de Coco y sus Derivados. Los copreros. Esta organización estaba conformada por los trabajadores de la producción de la copra, pulpa seca de la que se extrae el aceite de coco. Entre finales de los años cincuenta y sesenta, la producción del coco fue una industria boyante en Guerrero y en ese 1967, en plenas elecciones gremiales, un grupo de copreros se había organizado para obtener mejores ganancias por su trabajo. La bonanza del coco no era para todos porque los intermediarios y los caciques se quedaban con la mayor parte de las ganancias.Eran los años en que Gustavo Díaz Ordaz gobernaba, Los Apson eran un éxito en la radio con la canción “Fuiste a Acapulco” y en las aulas estudiaban los jóvenes que un año después serían masacrados en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Ese 20 de agosto, mientras acudían a una asamblea en este edificio, los atacaron a balazos. Entre los archivos que conserva Kandy hay decenas de imágenes que fotoperiodistas de la época entregaron a los familiares. En ellas se observan a los copreros vestidos con pantalones claros, camisas y guayaberas blancas, algunos iban de sombrero. En otras fotos tienen un pequeño letrero que indicaba las regiones de donde venían: Tecpan, Tenexpa, Zacualpan, La Sabana, Alcholoa, comunidades guerrerenses que participaban en la industria del coco.No sólo los trabajadores sabían de la asamblea, también las autoridades estatales y federales, mediante dos telegramas enviados tres días antes, uno al gobernador Raymundo Abarca Alarcón y otro a Juan Gil Preciado, secretario de Agricultura y Ganadería del gobierno de Díaz Ordaz.A lo lejos, el conflicto era observado por el ojo espía de la Secretaría de Gobernación: la temida Dirección Federal de Seguridad (DFS) que comandaba Fernando Gutiérrez Barrios. Y a pesar de que todos ellos estaban informados, la masacre ocurrió.Kandy ha hecho un recuento de los pistoleros: “Eran seis y había más gente aquí adentro con armas largas”. Asegura que los copreros sabían que la DFS los seguía. En un comunicado habían informado al gobierno federal de que tendrían votaciones en un ambiente tenso, dijeron “que se sentían amenazados y pedían acompañamiento del ejército”. Es decir, todas las autoridades sabían que estarían ahí.Plaga, tensiones e impuestos enfrentaban los coprerosSusana Castro es abogada feminista y colabora con Kandy Salas en una organización que intenta seguir el trabajo social de los antiguos copreros en el mismo edificio de la masacre, mediante talleres de electrónica, alimentos, barbería, belleza profesional y auxiliar de enfermería, de los cuales calculan que ya han egresado aproximadamente 300 personas.Dice que ver las fotografías de las mujeres asesinadas aquel 20 de agosto de 1967 movió algo en ella. “Antes vivía en la Calle 8 [a dos cuadras del edificio de copreros] y yo era muy pequeña cuando esto sucedió, pero un sobrino de mi mamá trabajaba aquí como guardia. Llegó corriendo, espantado, casi no podía hablar, dijo que había mucho muerto, mucha sangre”. Toño es taxista y pide que no escriba su nombre completo a cambio de dejarme preguntarle de su niñez, cuando trabajó recogiendo cocos. “Éramos ocho nietos, mi abuelo decía que se iba a llevar a los hombres de cada hijo suyo. Tenía como cuatro o cinco huertas frutales juntas”, narra. Los cocos se bajaban con una vara y los niños se dedicaban a llevarlos del piso a las carretas. Era una cosecha extenuante, recuerda, como de tres meses. “El de la carreta le cobraba una feria y mi abuelo dijo ‘no, cabrón, tengo un chingo de chamacos’. Hacíamos una montaña en las carretas y después nos daba una semana de descanso, luego iba otra vez por nosotros para ayudarle a contar el coco”, dice. Su abuelo no murió en la Masacre de Copreros, pero vendió todo y se mudó de pueblo. Por su parte, el abuelo de Kandy Salas –que era accionista de la organización– sobrevivió de milagro. Ese día iban a pedir la mano de una de sus tías y no fue a la asamblea que, según los recuerdos familiares, sería a las 10 de la mañana, y estaban convocadas un medio millar de personas. César, uno de los líderes, se escondió varias horas entre los costales de harina del Mercado Bellavista, a unas calles, para evitar ser asesinado.Además de los problemas políticos de mediados de los sesenta, como las rencillas con los caciques, había una plaga que estaba afectando a las palmeras de coco y como respuesta el gobierno estatal decidió subir impuestos a los copreros para combatirla. Los agentes de la DFS anotaban todo esto en sus informes como parte del análisis que enviaban a sus jefes en la capital.Corrían los años de la Guerra Sucia y de la insurgencia en Guerrero. Las ideas del revolucionario Lucio Cabañas convocaban a desafiar al sistema político con los inicios del Partido de los Pobres; y Genaro Vázquez, maestro rural y opositor al oficialismo, ya lideraba las agrupaciones que serían el antecedente de la Asociación Nacional Cívica Revolucionaria, una organización político-militar de alcances similares a la de Cabañas.Como en otros hechos de la época, acudieron –además de pistoleros vestidos de civil– fuerzas armadas de distintos órdenes. De acuerdo con un reporte de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas, al lugar de los hechos llegaron policías estatales, un pelotón de la Policía Uniformada y soldados que habían sido enviados una noche antes desde la 27° Zona Militar, la misma que aparece en los expedientes del caso Ayotzinapa.Al día siguiente, el encabezado del diario El Informadorfue: “Tremenda balacera en Acapulco. Pasan de cien los que fueron heridos”.La violencia en Guerrero que el régimen de Díaz Ordaz no controlóLa de los copreros no fue la primera masacre en Guerrero. Hubo tres que la precedieron y que explican las condiciones que llevaron a un hecho tan atroz: la de Chilpancingo en 1960, con un saldo de 23 personas asesinadas; la de Iguala en 1962, con siete fallecidos, y la de Atoyac de 1967, ocurrida unas semanas antes de la de Copreros con una estela de siete muertes, incluida una mujer embarazada. Todas se debieron a luchas sociales y estudiantiles. Aunque se suele pensar en la historia con el termómetro de la capital y los centros urbanos, conocer lo que sucedía en el México profundo nos permite ver más de cerca el sistema político del siglo XX. Así lo plantea Camilo Pantoja, adscrito al equipo de la Guerra Sucia de la Comisión Nacional de Búsqueda e investigador por México en la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación.“Una masacre como la de Tlatelolco causa ruido porque son estudiantes urbanos, mientras que, en esa década en Guerrero, la Masacre de Copreros era la cuarta y se enmarca en una violencia permitida que no se toleraba o se trataba de contener en los centros urbanos”, dice Pantoja.El investigador destaca que los copreros no querían desafiar al sistema, como otras organizaciones político-militares de la época. “Estaban en búsqueda de sus propios intereses y se habían mantenido al margen de la disputa política contra el gobernador [Raúl] Caballero Aburto. Los copreros no buscaban solucionar sus problemas sumándose a Lucio Cabañas, sino apelando al gobierno en un tono más reformista.”Asimismo, el movimiento de los copreros tenía un componente económico que lo hacía distinto. La industria del coco se había expandido rápidamente en los años cincuenta por la fuerte demanda del aceite de este fruto y por la caída en la producción global durante la Segunda Guerra Mundial, en la década anterior. Sin embargo, para 1967 estaba ya en decadencia. “En la disputa por el control de la organización, estaban los copreros de base y los caciques que controlaban los canales de distribución”. Además, habría que sumar a esa disputa el manejo de recursos de organizaciones gremiales de los copreros.El académico Pantoja destaca contrastes entre las masacres de Tlatelolco –con una cifra gubernamental de alrededor de 30 fallecidos– y la de Copreros: una ocurre en el centro y otra en la periferia; una es muy conocida y otra enterrada en los recuerdos familiares. “A veces se piensa quelo de Guerrero era una anomalíapero era la norma y la violencia en la Ciudad de México era la excepción”.Álvaro Rodríguez es doctor en Historia moderna y contemporánea y piensa que la Masacre de Copreros anticipaba cómo sería la operación del Estado de cara a los Juegos Olímpicos del siguiente año. “Estos movimientos políticos van surgiendo como llamas y el gobierno está muy preocupado por saber qué está ocurriendo y sofocar estos focos de inestabilidad, que en realidad eran una muestra de participación política y democrática”.Al hablar sobre el movimiento estudiantil del ‘68, “se piensa que surge en la Ciudad de México particularmente, pero en realidad la ciudad es un receptáculo de lo que está ocurriendo en todo el país”. Los años cincuenta y sesenta fueron una especie de “laboratorios locales” para las policías municipales, estatales, agentes secretos, militares y paramilitares que llevarían a cabo la Guerra Sucia.En las imágenes que conmovieron a Susana Castro en su niñez se observa a una mujer sin vida arriba de una camilla con la ropa cubierta por sangre; en otra fotografía hay una joven más con un vestido de flores, el rostro ensangrentado y un brazo arriba de la cabeza, también sin vida; en otra toma, la misma joven está al lado de otra mujer, como si la abrazara. Rodríguez agrega: “Lo que es muy fuerte en el caso de los copreros es ver la gente que murió [...], es gente campesina, familias, que iban acompañando a sus esposos. Murieron las personas más inocentes”.Dos espirales de violencia en Guerrero, la del pasado y la del presenteDesde el volante de su taxi, Toño me mira con cierto recelo cuando empiezo a indagar en su historia y antes de hablar de los copreros me cuenta que cerca del edificio en Avenida Ejido, donde abordé el vehículo, quemaron una camioneta de transporte público a manera de intimidación en plena carretera hacia Coyuca. “Fueron los muchachos malos”, asegura sin dudarlo.Así que esperamos unos minutos más para salir de la zona y empezar la entrevista. Teme que le puedan quitar el taxi y es su único sustento. No es para menos: a inicios de este 2025 Acapulco fue declarada la tercera ciudad más violenta del mundo por su tasa de homicidios, según cálculos del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal; las dos anteriores son Puerto Príncipe, en Haití, y Colima, México. De acuerdo con la prensa local, el incendio fue cometido por hombres armados, el fuego alcanzó a otros dos vehículos y van 14 unidades de transporte público incendiadas en este año.Esta espiral de violencia está obligando también a que se generen nuevos espacios de memoria en la región. Está el del colectivo Memoria, Verdad y Justicia que suele reunirse los domingos en el Zócalo de Acapulco para colocar una exposición itinerante de fotografías de personas desaparecidas. Así lo avisa en un grupo de WhatsApp cada viernes Socorro Gil, quien busca a su hijo Jonathan Romero desde 2018.El colectivo de Socorro tiene una lectura muy clara de la línea que une el pasado y el presente en Guerrero. En un posicionamiento enviado a los periodistas locales, su colectivo criticó el uso del término Guerra Suciaporque no “era una guerra entre dos ejércitos, fue una guerra contra el pueblo desarmado”, una frase que describe perfectamente lo que le sucedió a los copreros.Toño volverá a la base de taxis después de dejarme, donde el clima seguirá pelando las paredes y llevándose la pintura del edificio de copreros. Como cada mañana, tendrá que pasar por los carteles de búsqueda de Antonio Mohamet, Roberto, José Manuel, Alejandro y Clemente, desaparecidos de esta nueva espiral de violencia, que están pegados en las columnas. El edificio de Copreros albergó múltiples ollas de frijoles y platos de queso para alimentar a los trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad y a cualquiera que necesitara un plato de comida cuando sucedió el huracán Otis. Además, han sufrido intentos de despojo y demolición que se han sorteado. Kandy y Susana quisieran que en un futuro este lugar se convirtiera en un museo y en sus paredes se narre la historia de las masacres que siguieron en Guerrero: la de Aguas Blancas en 1995, la del Charco en 1998 y la tragedia de Ayotzinapa en 2014. En pleno 2025, el aceite de coco ha sido sustituido por otros e incluso se desaconseja su consumo, debido a la cantidad de grasas; no obstante, Kandy decidió preservar sus raíces en el nombre del Grupo Coprera que hoy preside. “Tal vez los perpetradores ya hayan fallecido, pero hay nietos que quieren justicia”, dice.Los testimonios de la masacre de 1967 dan cuenta de las similitudes con los tantos Ayotzinapas. Criminales civiles, policías locales y soldados aludiendo para atacar a disidentes, bajo el silencio cómplice de políticos de todos los niveles.GSC/ATJ


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