Escobar se mueve entre la arqueología del pasado para construir una propia; esqueletos desenterrados de viajes por la geografía latinoamericana, desarmados y vueltos a ensamblar, montados sobre el espacio en blanco como salvaguardas de una historia reconfigurada. En su estudio —hábitat primitivo del artista— aparece como un viajero irresoluble: recorridos por la Sierra Sur, conversaciones con peleteros de otras culturas, encuentros con mundos marcados por la ausencia. Son constantes que se revelan en su entorno y que dan forma a un hogar construido por bates de béisbol suspendidos o nubarrones formados por cientos de balones de futbol.En ese juego de tensiones, la obra de Escobar traduce la majestuosidad de la historia mediante una alquimia entre la presión del capital y el objeto de consumo. La conversión de McDonald’s en joya; un laberinto de carritos de supermercado como mapa del individuo contemporáneo; o la sublimación estética del anuncio comercial como una belleza oxidada y envejecida. Gestos que desplazan el sentido original de los objetos para exponer su carga simbólica.Para M Revista de Milenio, Darío Escobar comprende lo fugaz de su vida como artista y del propio medio artístico como un entramado social. Desde cada arteria que atraviesa Ciudad de México, divide y vuelve a unir las claves para leer a quienes la habitan. Desde otra arteria —una sola— que cruza hacia Guatemala, ha compuesto un esquema que permite pensar el estudio latinoamericano bajo un yugo imperial que ha terminado por naturalizarse. Esa verdad, al menos, es la que se oculta en las esquinas de su estudio.¿Qué recuerdas con más claridad del inicio de tu carrera?Puedo hablar de mis inicios con cierta claridad, aunque han pasado tantas cosas desde entonces que algunos recuerdos pueden haberse alterado. Aun así, algo permanece intacto: mi búsqueda por entender el mundo desde este lugar del pensamiento. Nunca concebí el arte como un don de inspiración o como fruto de la ingenuidad.Mi compromiso siempre fue llevar el trabajo al terreno de la filosofía más que al de la investigación. Podría leerse desde disciplinas como la antropología, la psicología o la sociología, pero es desde el pensamiento crítico e individual donde me siento más cercano a mi propio lenguaje.¿Cómo describes hoy la identidad de tu práctica, más allá de los materiales o los proyectos?Me interesa explorar temas sociales, políticos y también religiosos. Resulta sorprendente que, incluso hoy, sigan siendo tan relevantes como para generar confrontación entre distintos grupos.En términos formales, desarrollo mi práctica desde el sistema de los objetos. Trabajo desde la dicotomía del objeto industrial dentro del aparato escultórico; me interesa ese cortocircuito que se produce entre ambas polaridades.¿Cómo influye vivir en México en la evolución de tus ideas y procesos?Como artista guatemalteco, Ciudad de México es uno de los grandes puntos de confluencia humana del mundo; todo existe y rápidamente deja de existir. La velocidad es un componente constante, y desde aquí me interesa observar cómo se desarrollan las transacciones sociales y culturales.A lo largo de los años, mi trabajo ha adquirido una perspectiva cargada de matices. Hay tanta información por procesar que todo desemboca en una pregunta central: cómo conviven el consumo y el desecho a gran escala en un mismo lugar. Creo que el ser humano se entiende mejor por lo que desecha que por lo que conserva.¿Qué te da curiosidad al conocer a otro artista?Las contradicciones. Son lo más revelador de esta época y del arte contemporáneo; me interesa conocer lo humano en su complejidad: sus máscaras, sus valores cambiantes —o negociables— según los sistemas dominantes del momento.¿Qué cualidad es indispensable para sostener una práctica artística?Es una pregunta compleja, sobre todo si consideramos los intereses actuales de las instituciones artísticas, o al menos lo que deciden mostrar. Sigo creyendo que la inteligencia forma parte de la ecuación del éxito, aunque muchas veces pareciera que el panorama actual va en sentido contrario.¿De qué manera ha cambiado tu forma de entender el arte?No suelo citar a escritores o intelectuales, pero esta pregunta es imposible de responder sin recurrir a una frase de Albert Camus: “Con el tiempo, las ilusiones se desvanecen, los deseos se afinan y la mirada se vuelve más lúcida”. hc



